22. Mi realidad
21. Reincidentes

20. Maldita dulzura
Tan cerca, y a la vez tan lejos. Es injusto, pero es así.
Supongo que tenías razón, los amigos no deberían hacer estas cosas. En el fondo, se nos ha ido un poco de las manos. Ahora te veo, te siento y no sé cómo reaccionar. Prometo no volver a caer en la misma historia de nuevo, pero te deseo en lo más profundo de mi ser. Sé qué somos amigos y eso no va a cambiar, por mucho que yo haga o deshaga a mi antojo. Por poca esperanza que me quede dentro. Es triste, pero es la realidad.
Y te miro con lágrimas en los ojos. Suena todo a final, como si este eterno abrazo fuera el preludio de la despedida. Así es mi vida. Demasiados golpes recibidos.
Te estrecho con mis brazos. Al principio lo hago como si ya no me quedaran fuerzas, como si todo lo que hubiese sentido se hubiera convertido en desgana. Pierdo el sentido, la mente va a mil revoluciones. Imagino nuestras vidas juntas. Sabor a utopía en la boca.
Escucho un ruido y vuelvo en mí. Lo siento dentro, es mi corazón. Acaba de romperse en otro pedazo más. Roto. Llorar ya no es la solución. Con las pocas fuerzas que me quedan, te abrazo más fuerte. El tiempo se detiene ante nuestra presencia. Quedarnos así para siempre. En el fondo, deseo que el tiempo cumpla su papel principal y que el olvido apague el dolor.
Lentamente tus labios se detienen en la comisura de los míos y me besas. Mi cuerpo comienza a temblar. No quiero hacerme más daño. No quiero seguir sufriendo así.
Me separo un poco, nuestras miradas coinciden.
El tiempo no da tregua. El destino es traicionero.
Maldita dulzura.
19. Vértigo
¿Compensa la emoción momentánea al desastre inminente?

Siento vértigo. Sé que es un error. Pero resulta atrayente abocarme a tu abismo. Miedo y deseo a la par. El corazón se me encoge. Nunca antes, alguien me había hablado como tú. Eso me abruma. Pero a la vez deseo estrecharte entre mis brazos. Ese simple acto instintivo, supondría dejarme caer en picado. No sé si conseguiré mantener los pies en tierra. La atracción a la caída es superior a mí…
Y me abalanzo sobre ti y te abrazo muy fuerte.
Noto que mis pies ya no tocan el suelo cuando saboreo en mi boca las lágrimas alojadas en la comisura de tus labios.
18. Emociones encontradas
17. Impulsos

Así que cojo las llaves del coche y salgo en tu búsqueda. Deseo que hayas marchado hacia tu casa pues, a esas horas, mi cerebro ya no está para pensar muchas más posibilidades. Y quince minutos después, allí estoy, tocando al portal de tu casa. Tardas una eternidad en contestar. ¿No estás? ¿Ya duermes? Lo dudo, cuando te cabreas, lo primero que haces es meterte en la cama con los auriculares puestos y la música a todo volumen. ¡Mierda! ¿Y si estás pero no me oyes? Insisto, ametrallando tu timbre sin piedad, aunque sean ya las tantas de la noche. Sí, la persistencia y la desconsideración por la gente en general, son rasgos que se ajustan bastante más a mi naturaleza. Y, ¿sabes? Me suele ir bien. Contestas.
Me limito a decir: Soy yo.
Silencio
¡Me impacientas! Pero aprieto los puños y espero la respuesta o el cuelgue del telefonillo. Si cuelgas, ¡juro que te vuelvo a llamar! Supongo que lo sabes, así que…
Abres.
Subo las escaleras y al girar en el último tramo, te veo esperando en la puerta. Tu pelo despeinado intenta esconder a tu mirada desconcertada. Notó que estás temblando.
Creo que olvidé prepararme lo que se supone que quería decir… ¡Rápido! ¡Que alguien rompa este incómodo silencio!
- - ¿Tienes algo que decirme?
16. Punto de retorno
15. Cambio de perspectiva

Cuando te vi en el umbral de mi puerta, justo media hora después de enviar el maldito mensaje telefónico, me había dado tiempo a pensar en mil y una excusas, por si te daba por aparecer. Tantas había cavilado que no supe por cuál decidirme y las eché todas de golpe.
Tu cara se transformaba. ¿Te habrían ofendido mis palabras? Bueno, quizá no sonaban del todo bien.
De repente, empiezas a llorar y no sé dónde meterme.
Tras unos segundos angustiantes en los que tus silenciosas lágrimas me dejan definitivamente sin palabras, te das la vuelta y te marchas dando un sonoro portazo.
Y yo no he entendido nada. No había enfado en tu mirada, la reacción más normal después de una noche caótica en la que te saboteo el reencuentro con tu ex y para rematar, te mando un mensaje que parece una burla. ¿A santo de qué te iba a invitar a mi cama? Entre nosotros nunca ha habido nada…
De pronto, una frase resuena en mi cabeza: Los amigos no deberían hacer esas cosas. Y vienen a mí los confusos recuerdos de aquella mañana de resaca, de hace casi un mes. Quizá el origen de todo esto sea lo que pasó aquella noche que apenas recuerdo y que se había borrado casi de mi cabeza.
Me invade una tremenda curiosidad. ¿Es posible que hayas creído mi proposición? ¿Tal vez querías aceptarla? ¿Por eso te marchaste llorando? Esto me supone un cambio de perspectiva de 180º.
Creo que empiezo a ver las cosas desde tu punto de vista.
14. Ese día
Decepción.
Sólo así puedo catalogar el momento en que tus palabras me decían que todo había sido un error y que no era la persona con la que querías pasar la noche. Vuelta al enfado, a las lágrimas y a mis malas maneras de recibir una noticia así. Es la eterna guerra entre mis sentimientos y yo.
“No le des tanta importancia, no es para tanto” y, en el fondo, tienes razón. Me vuelvo como si tuviera cinco años, tiene que ser lo que yo diga y a cualquier precio. Mala costumbre la mía. Empiezo a pensar de nuevo que muchos de los sueños que tenemos hay que dejarlos ir, por miedo a sufrir más de la cuenta si no se cumplen. Cuántas veces habría pensado ya en que no se puede tener todo en esta vida. Tan sólo me conformaba con tus ganas de compartirla con la mía. Pero, como todo, era una esperanza vana.
Empiezas a hablar y de mi boca no sale una mísera palabra, me quedo escuchándote como hago la mayoría de veces. Te enciende que no sea capaz de expresarme como lo haces tú, de contar todo lo que se me pasa por la cabeza. No lo hago porque no me gusta discutir, aunque tenga en mi interior cosas que probablemente te dejarían de piedra, no lo hago. Me importa mucho más el que tu estés bien que cualquier otra cosa, como he hecho siempre. Y prefiero tragarme mi orgullo.
Me miras de manera extraña. Tristeza. Pena. Empiezas a sentirte culpable. Por mucho que te intentes disculpar sabes que en el fondo tengo razón. Murmullas e intentas dignificarme y ponerte a ti de lo peor. Es justo lo que hice antes. El uno por el otro, y la casa sin barrer.
Y sin embargo, este desencuentro no apaga miradas. Las palabras que quedan por decir son las más importantes, pero ninguno se atreve a dar el paso. Tan solo somos dos personas que se empeñan en seguir sus ideas y llevarlas a cabo algún día.
Pero, ese día, no llega para ninguno de los dos.
13. Mala jugada
diera por sentado que entre nosotros nada había cambiado, pese a todo.


