
Cuando te vi en el umbral de mi puerta, justo media hora después de enviar el maldito mensaje telefónico, me había dado tiempo a pensar en mil y una excusas, por si te daba por aparecer. Tantas había cavilado que no supe por cuál decidirme y las eché todas de golpe.
Tu cara se transformaba. ¿Te habrían ofendido mis palabras? Bueno, quizá no sonaban del todo bien.
De repente, empiezas a llorar y no sé dónde meterme.
Tras unos segundos angustiantes en los que tus silenciosas lágrimas me dejan definitivamente sin palabras, te das la vuelta y te marchas dando un sonoro portazo.
Y yo no he entendido nada. No había enfado en tu mirada, la reacción más normal después de una noche caótica en la que te saboteo el reencuentro con tu ex y para rematar, te mando un mensaje que parece una burla. ¿A santo de qué te iba a invitar a mi cama? Entre nosotros nunca ha habido nada…
De pronto, una frase resuena en mi cabeza: Los amigos no deberían hacer esas cosas. Y vienen a mí los confusos recuerdos de aquella mañana de resaca, de hace casi un mes. Quizá el origen de todo esto sea lo que pasó aquella noche que apenas recuerdo y que se había borrado casi de mi cabeza.
Me invade una tremenda curiosidad. ¿Es posible que hayas creído mi proposición? ¿Tal vez querías aceptarla? ¿Por eso te marchaste llorando? Esto me supone un cambio de perspectiva de 180º.
Creo que empiezo a ver las cosas desde tu punto de vista.









Mientras tanto, allí estoy, haciendo acto de presencia para demostrarme que no hay nada de lo que esconderse, que nada ha cambiado. Los amigos ya sentados, me llevan dos cañas de ventaja y me preguntan cómo acabó el sábado ya que cuando ellos se fueron a dormir, yo ya me había autoproclamado el alma de la fiesta y que sólo te habías quedado tú para aguantarme. Por sus comentarios deduzco que ellos tampoco saben mucho más que yo y, al menos, siento el alivio de no tener que dar explicaciones de más. Les juro que bebí tanto que no recuerdo nada.