16. Punto de retorno
15. Cambio de perspectiva

Cuando te vi en el umbral de mi puerta, justo media hora después de enviar el maldito mensaje telefónico, me había dado tiempo a pensar en mil y una excusas, por si te daba por aparecer. Tantas había cavilado que no supe por cuál decidirme y las eché todas de golpe.
Tu cara se transformaba. ¿Te habrían ofendido mis palabras? Bueno, quizá no sonaban del todo bien.
De repente, empiezas a llorar y no sé dónde meterme.
Tras unos segundos angustiantes en los que tus silenciosas lágrimas me dejan definitivamente sin palabras, te das la vuelta y te marchas dando un sonoro portazo.
Y yo no he entendido nada. No había enfado en tu mirada, la reacción más normal después de una noche caótica en la que te saboteo el reencuentro con tu ex y para rematar, te mando un mensaje que parece una burla. ¿A santo de qué te iba a invitar a mi cama? Entre nosotros nunca ha habido nada…
De pronto, una frase resuena en mi cabeza: Los amigos no deberían hacer esas cosas. Y vienen a mí los confusos recuerdos de aquella mañana de resaca, de hace casi un mes. Quizá el origen de todo esto sea lo que pasó aquella noche que apenas recuerdo y que se había borrado casi de mi cabeza.
Me invade una tremenda curiosidad. ¿Es posible que hayas creído mi proposición? ¿Tal vez querías aceptarla? ¿Por eso te marchaste llorando? Esto me supone un cambio de perspectiva de 180º.
Creo que empiezo a ver las cosas desde tu punto de vista.
14. Ese día
Decepción.
Sólo así puedo catalogar el momento en que tus palabras me decían que todo había sido un error y que no era la persona con la que querías pasar la noche. Vuelta al enfado, a las lágrimas y a mis malas maneras de recibir una noticia así. Es la eterna guerra entre mis sentimientos y yo.
“No le des tanta importancia, no es para tanto” y, en el fondo, tienes razón. Me vuelvo como si tuviera cinco años, tiene que ser lo que yo diga y a cualquier precio. Mala costumbre la mía. Empiezo a pensar de nuevo que muchos de los sueños que tenemos hay que dejarlos ir, por miedo a sufrir más de la cuenta si no se cumplen. Cuántas veces habría pensado ya en que no se puede tener todo en esta vida. Tan sólo me conformaba con tus ganas de compartirla con la mía. Pero, como todo, era una esperanza vana.
Empiezas a hablar y de mi boca no sale una mísera palabra, me quedo escuchándote como hago la mayoría de veces. Te enciende que no sea capaz de expresarme como lo haces tú, de contar todo lo que se me pasa por la cabeza. No lo hago porque no me gusta discutir, aunque tenga en mi interior cosas que probablemente te dejarían de piedra, no lo hago. Me importa mucho más el que tu estés bien que cualquier otra cosa, como he hecho siempre. Y prefiero tragarme mi orgullo.
Me miras de manera extraña. Tristeza. Pena. Empiezas a sentirte culpable. Por mucho que te intentes disculpar sabes que en el fondo tengo razón. Murmullas e intentas dignificarme y ponerte a ti de lo peor. Es justo lo que hice antes. El uno por el otro, y la casa sin barrer.
Y sin embargo, este desencuentro no apaga miradas. Las palabras que quedan por decir son las más importantes, pero ninguno se atreve a dar el paso. Tan solo somos dos personas que se empeñan en seguir sus ideas y llevarlas a cabo algún día.
Pero, ese día, no llega para ninguno de los dos.
13. Mala jugada
diera por sentado que entre nosotros nada había cambiado, pese a todo.12. Hagan juego
11. Cuenta pendiente

10. Ni contigo ni sin ti
9. El reencuentro

¿Adivina quién ha vuelto?
Los chismes siempre corren como la pólvora y este no ha tardado en llegar a mis oídos. Os han vuelto a ver juntos. Ya veo en qué ocupas tu tiempo para no hacer caso a mis llamadas.
Ha regresado. Y tú, pisoteando tu propia dignidad, sales a su encuentro como si nada hubiera pasado. Os tomáis un café, os vais a cenar y a saber qué más. ¿En qué demonios estás pensando? Se ve que tienes poca memoria y ya has olvidado lo que te hizo… lo que nos hizo.
Pero yo sí que me acuerdo, sí. La sangre me empieza a hervir a medida que los recuerdos de aquel fatídico año regresan a mi memoria. Decías que por fin eras feliz, que habías encontrado a alguien que te quería. Pero yo no te creía. Tu sonrisa, siempre ausente, te hacía poco convincente. Contraatacabas diciendo que mi egoísmo me impedía alegrarme por ti. Que yo, de piel asequible y de corazón hermético, nunca entendería qué es el amor.
Y mientras presumías de lo que tenías, parecía que no te dabas cuenta de lo que dejabas por el camino. Yo tenía que abstenerme de llamarte cuando me apeteciera, para que no te montara un numerito. Agradécele que te absorbiera tu espacio. Las pocas veces que lograba verte, teníamos que escondernos y cronometrar los minutos, no fuera que te retrasaras y se enterara de que habíamos quedado. Dale las gracias también por adueñarse de tu tiempo. Le excusabas sus salidas de tono diciendo que sentía celos de mí. Que no podía comprender que un chico y una chica fueran simplemente amigos… tan amigos. Tampoco le tengas en cuenta su eterna desconfianza.
Quién no puede comprender una amistad, dudo que pueda ser ejemplo de sentimientos mayores. Porque no, yo no sabré de amor, pero si amor es eso, prefiero quedarme como estoy. Así que me limité a quererte a mi manera, como se quieren los amigos, con ese afecto de segunda, que no te posee, ni te reclama. Le basta con disfrutar de tus buenos momentos y permanecer a tu lado, aún cuando pierdes el rumbo.
Y opté por atragantarme con mis reproches y mi orgullo, y callar. Porque sabía que con cada palabra en su contra sólo hacía que perderte un poco más.
Así permanecí hasta que un día, regresaste. Y en silencio y con mi cariño subestimado, sequé las lágrimas que te ocasionó quien decías que te había querido tanto.
Y ahora, en el momento más inoportuno, ha vuelto.
Pero, si vosotros os dais una segunda oportunidad... ¿dónde quedará la nuestra?
8. Aproximación
Hoy ya no me importa nada, y el pesimismo no ayuda tampoco a superarlo. Oculto el orgullo, debo recordar que no se puede gustar siempre a todo el mundo. Tengo que hacerme a la realidad que nuevamente me toca vivir.
Hoy ya no me importa nada, e iba deambulando por la ciudad con todos estos pensamientos hasta que alguien me ha tocado en la espalda. Al girarme, la visión me ha sobrecogido.
7. Penitencia

Hay veces en las que tan sólo hace falta un segundo para darte cuenta de que te has equivocado. El golpe de nuestros hombros me sacudió por dentro y nada más salir por la puerta me arrepentí de mi absurda huida.
Aceleré el paso intentando acallar los remordimientos pero, esta vez, me incomodaban más que de costumbre. Ni siquiera el sentimiento de culpa me hizo darme la vuelta e ir a tu encuentro. Prefiero imaginar que me odias que ver en tus ojos que te he decepcionado.
Siempre te he dado mil motivos para que pudieras enfadarte, pero nunca lo has hecho. Tienes esa infinita comprensión conmigo que nunca he llegado a entender. Sin embargo, algo me dice que esto es diferente...
Ahora eres tú quien no me contesta las llamadas. Llevo tres días intentándolo. Sé que debería dar la cara, la ocasión lo merece. Pero qué quieres, no sé ni qué decirte y se me hace más fácil mantener el tipo por teléfono. No soy capaz ni de hilar una frase decente para complementar el intento de acercamiento con un simple sms.
Así que sigo aquí, con mi patética estrategia de contacto, llamándote de nuevo. Tengo la inútil esperanza de que descuelgues con una risa exculpatoria y des por finalizado mi período de penitencia. Pero no lo haces y yo… Te echo de menos.





