13. Mala jugada

No pretendía que te fueras.

No eras tú quien sobraba.

Pero lo hiciste, dejándonos con la palabra en la boca y un palmo de narices.

En aquel absurdo enfrentamiento, mi arma arrojadiza fue echarle en cara todas sus miserias. Lo malo es que, cuando contraatacó de la misma manera, tampoco quedé en muy buen lugar. No tardamos mucho en perder toda la dignidad que pudiéramos tener. Y como último recurso desesperado, cayó en su error de siempre, y te preguntó “¿Con quién te quedas?”.

Esa habría sido mi victoria, porque sabía que serías incapaz de escogerle ante mí. Pero su humillación no me resultó tan placentera como esperaba, porque tu silencio me derrotaba a mí también. Te marchaste como si nada, haciendo oídos sordos a nuestras estupideces y sin ni siquiera dedicarme una simple mirada, que diera por sentado que entre nosotros nada había cambiado, pese a todo.

Cuando me quedé a solas, sentí la enorme inquietud que suele apoderarse de mí cuando las cosas no acaban bien… o simplemente, no acaban. Y odio esa angustia de que algo escape a mi control… o que, aún peor, se pueda volver en mi contra. Pero nunca he tenido ni la paciencia ni las ganas de soportar por mucho tiempo esas incómodas sensaciones.

Por eso me gustan los caminos fáciles, porque aunque no sirvan para nada, me sirven a mí. Sólo quería que esa noche pasara rápido y, para ello, necesitaba evadir mi mente y distraer mi cuerpo. Mi agenda telefónica estaba llena de personas excitantes que me podían cumplir ese papel. Tan sólo me bastaba elegir la persona ideal: con tan pocas pretensiones como yo. Elegir las palabras exactas que dejaran claras las intenciones y la urgencia: “Me sobra cama y me faltas tú”. Y un simple mensaje telefónico haría el resto. Lo mejor de todo es que en cuanto se marchara, ya no le echaría en falta y podría sucumbir al sueño, sin más quebraderos de cabeza.

Sin embargo, por un fallo del subconsciente o por una jugarreta del destino… el mensaje se envió a la persona equivocada: Tú.

12. Hagan juego


 La situación se hizo insostenible. Tal vez debería haber previsto con antelación aquel choque de trenes, pero nunca pensé que serías capaz de plantarte en nuestra mesa con tu mejor sonrisa y ese aire de superioridad. En esa sonrisa se podía leer que ya habías ganado esta batalla. Y llevabas razón.

Después de tantos reproches y malas caras, el clímax llegó en forma de pregunta envenenada. “¿Con quién te quedas?”. Ser el centro de atención por un momento sólo sirvió para que mis nervios no me dejaran pensar con nitidez, y a la postre para enrarecer aún más el ambiente. Me creo estar en un maldito programa rosa de televisión, más cuando aún no sé cuál va a ser mi reacción.

Premeditado o no, recogí mis cosas y salí del lugar. Ahora era yo quien te abandonaba a tu suerte. No quise escuchar ni sus palabras ni las tuyas. Ponerse a razonar en aquel momento hubiese sido una mala decisión. Tiempo muerto, me dije. Fin del partido, pensé más tarde.

Con la cabeza llena de argumentos e indecisiones, había una cosa que resaltaba por encima de todo: tu mirada. Esa mirada, tan confiada y segura de todo, que habla en el silencio sobre momentos juntos, pasiones ocultas y deseos sin cumplir.

Tu mirada también sueña, se duerme entre las nubes y recuerda. Lucha consigo misma por buscar otra mirada, la mía, y por rehacer esa conexión, tan mágica y especial, que teníamos entre los dos. Necesito que me mires con anhelo, y que me digas al oído lo que realmente sientes por mí. No dejes pasar la oportunidad de hacerme feliz.

Y, casi como si me estuvieras leyendo el pensamiento, una frase ilumina la pantalla de mi teléfono: “Me sobra cama y me faltas tú”.

Baraja tus cartas.
Juguemos una mano más...

11. Cuenta pendiente

“El sentimiento es mutuo” - pensé cuando vi sus ojos repletos de odio clavados en mí.

Avancé hacia la mesa con la sonrisa insolente que tanto me caracterizaba. Era mi arma más habitual (y estudiada), ya que era consciente que aumentaba mi atractivo con un aire de picardía y autoconfianza. Sin embargo, en esta ocasión, añadía el firme propósito de dejarle constancia de que no me alegraba de verle.

Había tenido el presentimiento de que os encontraría y así había sido. Allí estabais los dos, tomándoos una copa en aquel concurrido pub. Nada más veros, no me lo pensé ni un segundo y me acerqué. Quizá me envalentoné por el hecho de que, tras mucho tiempo sin verle, parecía que hubiera envejecido más de 5 años y engordado al menos 10 kilos (o viceversa). Es posible que mi profundo resentimiento hacia su persona exagerara sutilmente (sólo sutilmente) mi percepción de su deterioro físico… pero de lo que no cabía duda es de que los años se habían portado mejor conmigo.

Con cierta satisfacción tras la comparativa, quise desfilar por delante de su cara con aire triunfal y dejar patente que, al menos en ese aspecto, seguía llevándole ventaja. Las carcajadas (para mi gusto, sobreactuadas) que habían precedido a mi llegada, se esfumaron con mi presencia. Me senté con vosotros sin necesidad de invitación. En ese momento, tuve que hacer acopio de toda mi chulería para no derrumbarme con tu mirada de incredulidad, a la que dediqué tan poca atención que no pude (ni quise) saber si con ella querías matarme por aparecer allí o morirte tú por encontrarte en esa situación y no tener dónde meterte. Seguramente, serían ambas cosas, ya que por experiencia sabías que esos encuentros de los tres no solían acabar bien.


La punzada que me dio el corazón al estar de nuevo frente a ti, tras más de una semana sin verte y un sinfín de llamadas sin contestar, me corroboró que todavía no había reunido el valor para enfrentarme a nuestros asuntos. Me obligué a arrinconar rápidamente mis reproches de resentimiento (con toques de añoranza) hacia ti. Y como es más agradable (y sencillo) desquitarse de los resquemores del pasado que aceptar (y solventar) los propios errores del presente, centré todos mis esfuerzos en que tu acompañante deseara salir corriendo de allí.

10. Ni contigo ni sin ti


Y al fin, delante de mí, decidió aparecer. Como si todo estuviera planeado para que me invadiese de nuevo y el objetivo primordial fuera clavar su bandera en mi corazón sin apenas darme cuenta. Decía que me echaba de menos, que todo había sido más complicado sin mi presencia. Mi actitud, por entonces reservada, se iba limando con cada halago suyo. No pude resistirme y decir que no a una petición de un inocente café.

Pero siempre le ha gustado ir deprisa, como si no hubiese mañana. Se dejaba llevar por los sentimientos del momento y su cabeza iba a su propio ritmo. ¿Recuerda cómo empezó todo? Se encariñó demasiado rápido, se dejó llevar a su manera, haciendo cosas que nadie haría por tal de sacar una sonrisa, por tal de hacerme ver que no había nadie igual. Era feliz disfrutando la vida así, haciendo más fácil la vida a los demás, según decía.

Esta vez, a pesar de sus intentos, yo seguía pensando en ti, en esa amistad a la que casi echó a perder por sus celos, por la que había empezado a sentir algo. En tan poco tiempo y como ya había hecho antes en el tiempo, había creado esa barrera invisible en la que los límites eran de su propiedad, así como sus ideales absurdos sobre lo que está bien y lo que está mal. Y a pesar de las imposiciones, estaba escrito el echarte de menos. Al fin y al cabo, me ayudaste mucho más que esa persona, que sólo te odiaba e intentaba separarte de mi camino por todos sus medios.

Pero también sería muy egoísta por mi parte no alabar sus cosas buenas y todos esos momentos en los que me hizo feliz. Claro que no hablaría muy bien a tus ojos por estar de nuevo a su sombra, aunque mi cabeza dijera que la situación era totalmente distinta.

Tomar una decisión sería hacer daño a alguien.

Debería elegir, pero ¿a quién?

9. El reencuentro


¿Adivina quién ha vuelto?

Los chismes siempre corren como la pólvora y este no ha tardado en llegar a mis oídos. Os han vuelto a ver juntos. Ya veo en qué ocupas tu tiempo para no hacer caso a mis llamadas.

Ha regresado. Y tú, pisoteando tu propia dignidad, sales a su encuentro como si nada hubiera pasado. Os tomáis un café, os vais a cenar y a saber qué más. ¿En qué demonios estás pensando? Se ve que tienes poca memoria y ya has olvidado lo que te hizo… lo que nos hizo.

Pero yo sí que me acuerdo, sí. La sangre me empieza a hervir a medida que los recuerdos de aquel fatídico año regresan a mi memoria. Decías que por fin eras feliz, que habías encontrado a alguien que te quería. Pero yo no te creía. Tu sonrisa, siempre ausente, te hacía poco convincente. Contraatacabas diciendo que mi egoísmo me impedía alegrarme por ti. Que yo, de piel asequible y de corazón hermético, nunca entendería qué es el amor.

Y mientras presumías de lo que tenías, parecía que no te dabas cuenta de lo que dejabas por el camino. Yo tenía que abstenerme de llamarte cuando me apeteciera, para que no te montara un numerito. Agradécele que te absorbiera tu espacio. Las pocas veces que lograba verte, teníamos que escondernos y cronometrar los minutos, no fuera que te retrasaras y se enterara de que habíamos quedado. Dale las gracias también por adueñarse de tu tiempo. Le excusabas sus salidas de tono diciendo que sentía celos de mí. Que no podía comprender que un chico y una chica fueran simplemente amigos… tan amigos. Tampoco le tengas en cuenta su eterna desconfianza.

Quién no puede comprender una amistad, dudo que pueda ser ejemplo de sentimientos mayores. Porque no, yo no sabré de amor, pero si amor es eso, prefiero quedarme como estoy. Así que me limité a quererte a mi manera, como se quieren los amigos, con ese afecto de segunda, que no te posee, ni te reclama. Le basta con disfrutar de tus buenos momentos y permanecer a tu lado, aún cuando pierdes el rumbo.

Y opté por atragantarme con mis reproches y mi orgullo, y callar. Porque sabía que con cada palabra en su contra sólo hacía que perderte un poco más.

Así permanecí hasta que un día, regresaste. Y en silencio y con mi cariño subestimado, sequé las lágrimas que te ocasionó quien decías que te había querido tanto.

Y ahora, en el momento más inoportuno, ha vuelto.

Pero, si vosotros os dais una segunda oportunidad... ¿dónde quedará la nuestra?

8. Aproximación



Hoy ya no me importa nada, ni tengo claro que es lo que quiero. Me gustaría saber cuál es el siguiente paso a dar y así no entrometerme más en tu vida. Yo asumo mi derrota, me envuelvo en mi manta de tristeza gris y que pase el tiempo que tenga que pasar para darme cuenta de que ya no siento nada por ti. Es lo mejor para los dos.

Hoy ya no me importa nada, y tus llamadas sólo me hacen recordar que estás aún presente en mi vida, haciendo que mí corazón vaya por delante y que los nervios se instauren en mi estómago, como cuando te invade un sentimiento de culpabilidad al que no sabes hacer frente. Ahora mismo no quiero saber nada de ti. Espero que lo puedas entender, aunque te lo haga saber de esta manera.

Hoy ya no me importa nada, ni siquiera yo. Ya no me conozco. Pensaba que era más fuerte, que podría llevar la situación mejor de lo que la estoy llevando. De hecho, cualquier situación sería mejor que ésta. Es tal la frustración que siento que, de golpe, se convierte en un fracaso personal.

Hoy ya no me importa nada, y el pesimismo no ayuda tampoco a superarlo. Oculto el orgullo, debo recordar que no se puede gustar siempre a todo el mundo. Tengo que hacerme a la realidad que nuevamente me toca vivir.

Hoy ya no me importa nada, e iba deambulando por la ciudad con todos estos pensamientos hasta que alguien me ha tocado en la espalda. Al girarme, la visión me ha sobrecogido.

Hoy ya no me importaba nada.
Ahora sólo me importas tú.

7. Penitencia


Hay veces en las que tan sólo hace falta un segundo para darte cuenta de que te has equivocado. El golpe de nuestros hombros me sacudió por dentro y nada más salir por la puerta me arrepentí de mi absurda huida.

Aceleré el paso intentando acallar los remordimientos pero, esta vez, me incomodaban más que de costumbre. Ni siquiera el sentimiento de culpa me hizo darme la vuelta e ir a tu encuentro. Prefiero imaginar que me odias que ver en tus ojos que te he decepcionado.

Siempre te he dado mil motivos para que pudieras enfadarte, pero nunca lo has hecho. Tienes esa infinita comprensión conmigo que nunca he llegado a entender. Sin embargo, algo me dice que esto es diferente...

Ahora eres tú quien no me contesta las llamadas. Llevo tres días intentándolo. Sé que debería dar la cara, la ocasión lo merece. Pero qué quieres, no sé ni qué decirte y se me hace más fácil mantener el tipo por teléfono. No soy capaz ni de hilar una frase decente para complementar el intento de acercamiento con un simple sms.

Así que sigo aquí, con mi patética estrategia de contacto, llamándote de nuevo. Tengo la inútil esperanza de que descuelgues con una risa exculpatoria y des por finalizado mi período de penitencia. Pero no lo haces y yo… Te echo de menos.

6. Odio



Me decía para mis adentros que iba a ser demasiado fácil entregarme a los brazos de la vigilia esa noche, y así fue. Demasiadas cosas en que  pensar, como siempre. Ya llevaba mucho tiempo en el que los sueños se habían convertido en una parte más de mi vida, en algo a lo que aferrarme cuando la realidad no era la que yo esperaba.

¿En esto habíamos convertido nuestra amistad? Después del choque de hombros, el odio invadió mi cuerpo. La esperanza y la ilusión marchitadas al verte salir huyendo de allí. Mi cara de circunstancia, tus gestos de cobardía. Ver nuestras reacciones alejadas de lo común, lejos de las risas y de las miradas cómplices. Tan cerca de mí. Tan lejos de ti.

Intenté reunir ganas de quedarme allí y hacer como si no hubiese pasado nada, pero era imposible. Eché el resto en una historia inventada y me apresuré a salir del bar antes de las preguntas acerca de tu marcha.

Mi rencor te iba crucificando a cada paso que daba. El hecho de depositar tantas y tantas cosas en algo que ahora veía frío y distante me hacía sentir como si hubiese perdido el tiempo contigo. Tal vez tan solo debería odiarte sin buscar más razones para ello. Así podría acallar un poco el dolor que dejan tus actos. Te odio y punto. Así estará bien.

Y mientras el sueño no llega, empiezo a ver la habitación como una ilusión óptica. La distancia entre el cielo y el infierno es demasiado corta. Pensaba que las cosas me irían bien sin tu amistad, volando en solitario, pero ni con los pies en la tierra soy capaz de ver la cruda realidad de que me estoy hundiendo en el fango de mi propio ser.

Odio.
Te odio.
Te odio tanto que no puedo vivir sin ti.

5. Hoy no

Lunes tarde.

Acudo al bar de siempre y tras la rueda de reconocimiento compruebo que no estás. Había rezado para que así fuera: que se te hubiera complicado la tarde en el trabajo, que te surgiera algún contratiempo de última hora o, simplemente, que te hubieras cabreado porque ayer no te contestara a las llamadas y no te apeteciera verme el pelo. Cualquier cosa con tal de no verte. Hoy no.


Mientras tanto, allí estoy, haciendo acto de presencia para demostrarme que no hay nada de lo que esconderse, que nada ha cambiado. Los amigos ya sentados, me llevan dos cañas de ventaja y me preguntan cómo acabó el sábado ya que cuando ellos se fueron a dormir, yo ya me había autoproclamado el alma de la fiesta y que sólo te habías quedado tú para aguantarme. Por sus comentarios deduzco que ellos tampoco saben mucho más que yo y, al menos, siento el alivio de no tener que dar explicaciones de más. Les juro que bebí tanto que no recuerdo nada.

Todos estamos riendo cuando apareces tú en el umbral de la puerta y saludas. Esquivo el posible cruce de miradas y empiezo a hablar sin parar, con una risa forzada. Apuro mi caña de un solo trago mientras te preguntan por el sábado. Me entra un repentino ataque de tos cuando dices que tú tampoco recuerdas nada. No te miro pero se que mientes. Noto tus ojos clavándose sobre mí: maldiciéndome, sentenciándome.

Voy la barra a pedir una cerveza más. De reojo veo que te aproximas. De repente, cuando se acerca el camarero, cambio “una caña más” por un “qué te debo” y me despido de todos con prisas para no darte tiempo a llegar hasta mí. Nuestros hombros han chocado en mi huída pero ni aún así me he atrevido a mirarte. Hoy no.

4. Callar


Intento volver a localizarte. No sé cuantas veces lo he escuchado ya, pero el mensaje de apagado o fuera de cobertura me martiriza de nuevo y aparece la frustración ya conocida anteriormente. La situación me resulta familiar, pero no me había dado cuenta hasta ahora. Tantas veces lo he escuchado de ti que nunca pensé que viviría in situ tu manera de evadirte de la responsabilidad.

Me sentiré un poco culpable por no ser como tú. No sirvo para esto, lo sabes y lo sé. Sigo pensando que lo nuestro no ha sido un error, por mucho que tu lo intentes justificar con tu actitud. No creo que me valgan tus futuras excusas, ya te conozco. Sé que buscarás cualquier resquicio en esta historia para demostrar que llevas razón y, por ende, para acallar las ilusiones que creo en mi interior.

No te lo voy a negar, siempre he sentido algo por ti. No recuerdo cuantas veces he matado ese sentimiento por miedo a perder esta amistad. Y, ahora que ha pasado, no puedo evitar ilusionarme. Porque sí. Porque he aguantado estoicamente todas tus historias de ligues de una noche sin perder en ningún momento la sonrisa. Porque me he tragado los celos y el montar escenitas que no hubieran servido de nada. Porque he ansiado este momento cada noche desde que te conozco.

Pero de momento haré lo mismo de siempre, callar. Quiero que seas capaz de darte cuenta de lo que siento por ti. De otra manera sólo sería algo descafeinado y sin magia.

Cuando llegue ese momento, te estaré esperando.