Mi noche sin ti
24. Epílogo
23. Mi noche sin ti

Sin esperarlo, oigo las palabras que siempre he deseado. Mi cabeza queda bloqueada pero mi cuerpo es sabio y actúa por inercia. Sé que es lo correcto. Esto es el cambio que necesitaba. Hoy es el primer día del resto de mi vida. Voy a tomar las riendas. Voy a ser feliz.
Son muchos años buscándolo, como quien no quiere la cosa, casi en secreto, avergonzándome por tener aspiraciones tan altas. La mayoría de personas que me conocen, seguramente piensen que no me lo merezco. Incluso yo lo pensé más de una vez. Reconozco que tengo mil defectos, pero también yo necesito una oportunidad. Y al fin, alguien ha sabido valorar lo bueno que hay en mí.
Nunca pensé que sería así, justo ahora. Pero creo que es lo mejor que me podía suceder. Tarde o temprano tenía que pasar y, en el fondo, quizá este sea el momento más oportuno. Me dejaré llevar, como siempre. Así será todo más sencillo. No he de plantearme qué es lo que realmente quiero ahora, eso lo estropearía todo. Haré lo que se espera de mí, sin más. Es hora de pasar a la acción. El tiempo dirá si esta vez acerté. Tal vez no resulte. Puede incluso que sea incapaz de estar a la altura de las circunstancias. Pero el miedo no debe detenerme. Por fin tengo lo que siempre soñé y no puedo dejarlo escapar…
Sin embargo, ¿por qué soy incapaz de sentir alegría?
Quizá sea porque ésta noche estoy sin ti y nos separan casi diez mil kilómetros de distancia. La cabeza me va a explotar. No sé si por el jet lag o por los remordimientos. No paro de recordar el momento de la llamada a las cinco de la madrugada. Tú ya dormías mientras yo permanecía en vela, con el corazón palpitando descontrolado a causa de esa nueva sensación que en mí habías despertado. De repente, oí mi móvil y salí corriendo a contestar para que no despertaras. Al otro lado, mi jefe decía:
¡Lo hemos conseguido! ¡El proyecto es tuyo! No hay tiempo que perder. Hay un billete a tu nombre rumbo a California y tu avión sale dentro de 5 horas. Haz las maletas corriendo, te espero en el aeropuerto. Hemos conseguido algo muy grande, muy grande…
Recogí mis cosas deprisa. Por un instante, me quedé mirándote. Estuve a punto de despertarte y contarte la mejor noticia de mi vida. Pero, por una vez, actúe con sensatez y me fui sin mirar atrás. Perdona que ni siquiera me despidiera, pero me temo que si hubiera pasado diez segundos más frente a ti, hubiera sido capaz de echar por la borda el trabajo por el que había luchado todos estos años.
Sé que te irá mejor sin mí. Al fin y al cabo, yo sólo te daba problemas. Como tú decías, soy una cabra loca incapaz de sentar la cabeza. Ya ves, por fin voy a hacer algo con mi vida, algo que realmente vale la pena. Ojala, por fin, te enorgullezcas de mí. En cambio, yo a ti siempre te he admirado, más que a nadie ¿lo sabías? Quizás no. Nunca me atreví a decirte todo lo que significabas para mí. Me harás mucha falta. Tendré que aprender a vivir sin ti.
Tal vez, logre convertirme en una mejor persona, como tú siempre quisiste. Así mereceré realmente que alguien como tú forme parte de mi vida. Y quizá el futuro vuelva a jugar en mi favor y cruce nuestros caminos de nuevo.
Quién sabe si para entonces, ya no existan excusas para volver a pasar mi noche sin ti.
22. Mi realidad
21. Reincidentes

20. Maldita dulzura
Tan cerca, y a la vez tan lejos. Es injusto, pero es así.
Supongo que tenías razón, los amigos no deberían hacer estas cosas. En el fondo, se nos ha ido un poco de las manos. Ahora te veo, te siento y no sé cómo reaccionar. Prometo no volver a caer en la misma historia de nuevo, pero te deseo en lo más profundo de mi ser. Sé qué somos amigos y eso no va a cambiar, por mucho que yo haga o deshaga a mi antojo. Por poca esperanza que me quede dentro. Es triste, pero es la realidad.
Y te miro con lágrimas en los ojos. Suena todo a final, como si este eterno abrazo fuera el preludio de la despedida. Así es mi vida. Demasiados golpes recibidos.
Te estrecho con mis brazos. Al principio lo hago como si ya no me quedaran fuerzas, como si todo lo que hubiese sentido se hubiera convertido en desgana. Pierdo el sentido, la mente va a mil revoluciones. Imagino nuestras vidas juntas. Sabor a utopía en la boca.
Escucho un ruido y vuelvo en mí. Lo siento dentro, es mi corazón. Acaba de romperse en otro pedazo más. Roto. Llorar ya no es la solución. Con las pocas fuerzas que me quedan, te abrazo más fuerte. El tiempo se detiene ante nuestra presencia. Quedarnos así para siempre. En el fondo, deseo que el tiempo cumpla su papel principal y que el olvido apague el dolor.
Lentamente tus labios se detienen en la comisura de los míos y me besas. Mi cuerpo comienza a temblar. No quiero hacerme más daño. No quiero seguir sufriendo así.
Me separo un poco, nuestras miradas coinciden.
El tiempo no da tregua. El destino es traicionero.
Maldita dulzura.
19. Vértigo
¿Compensa la emoción momentánea al desastre inminente?
Siento vértigo. Sé que es un error. Pero resulta atrayente abocarme a tu abismo. Miedo y deseo a la par. El corazón se me encoge. Nunca antes, alguien me había hablado como tú. Eso me abruma. Pero a la vez deseo estrecharte entre mis brazos. Ese simple acto instintivo, supondría dejarme caer en picado. No sé si conseguiré mantener los pies en tierra. La atracción a la caída es superior a mí…
Y me abalanzo sobre ti y te abrazo muy fuerte.
Noto que mis pies ya no tocan el suelo cuando saboreo en mi boca las lágrimas alojadas en la comisura de tus labios.
18. Emociones encontradas
17. Impulsos

Así que cojo las llaves del coche y salgo en tu búsqueda. Deseo que hayas marchado hacia tu casa pues, a esas horas, mi cerebro ya no está para pensar muchas más posibilidades. Y quince minutos después, allí estoy, tocando al portal de tu casa. Tardas una eternidad en contestar. ¿No estás? ¿Ya duermes? Lo dudo, cuando te cabreas, lo primero que haces es meterte en la cama con los auriculares puestos y la música a todo volumen. ¡Mierda! ¿Y si estás pero no me oyes? Insisto, ametrallando tu timbre sin piedad, aunque sean ya las tantas de la noche. Sí, la persistencia y la desconsideración por la gente en general, son rasgos que se ajustan bastante más a mi naturaleza. Y, ¿sabes? Me suele ir bien. Contestas.
Me limito a decir: Soy yo.
Silencio
¡Me impacientas! Pero aprieto los puños y espero la respuesta o el cuelgue del telefonillo. Si cuelgas, ¡juro que te vuelvo a llamar! Supongo que lo sabes, así que…
Abres.
Subo las escaleras y al girar en el último tramo, te veo esperando en la puerta. Tu pelo despeinado intenta esconder a tu mirada desconcertada. Notó que estás temblando.
Creo que olvidé prepararme lo que se supone que quería decir… ¡Rápido! ¡Que alguien rompa este incómodo silencio!
- - ¿Tienes algo que decirme?